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LANZAMIENTO DEL LIBRO UNA GRINGA EN BOGOTÁ, DE JUNE ERLICK

Bogotá, 8 de noviembre de 2007.- Así describe June Carolyn Erlick su amor por Bogotá: “Sentí algo en el estomago, o tal vez fue en el alma. Sentí un amor como el que se siente por una persona de la que uno se enamora a primera vista. Sólo que no se trataba de una persona. Era una ciudad”.

Esta periodista llegó a la capital colombiana en 1975. Venía de paso y terminó con una oferta de trabajo, quedándose nueve años más.

"Vine a Colombia como una parada en un viaje de exploración personal por América Latina, y me ofrecieron un trabajo sin que yo lo buscara”, explica la autora.

Luego de 30 años de su primera visita a Bogotá y después de su segunda estadía en 2005, Erlick decidió escribir Una gringa en Bogotá (Aguilar, 2007), obra que no sólo da cuenta de los cambios que ha tenido el país y su capital, sino también ella misma y sus percepciones frente a la vida. Enrique Santos Calderón sostiene que “su sensibilidad por los derechos humanos, su repugnancia por la violencia, su angustia por el asesinato de periodistas y su amorosa identificación con el país y sus problemas eran una constante que traduce bien el particular talante de esta gringa buena gente”.

Anoche, pues, se llevó a cabo la presentación oficial de este libro en la Fundación Santillana. La periodista María Teresa Ronderos pronunció las siguientes palabras durante el evento: 

"Quiero darle la bienvenida a June Erlick a su ciudad: Bogotá. June es una reportera con una larga experiencia en cubrir capítulos muy difíciles de la vida latinoamericana, especialmente la Colombia de los setenta y ochenta y las guerras centroamericanas.  De periodista pasó a profesora de periodismo, tutora de reporteras colombianas desde la Universidad de Columbia y académica. Hoy dirige las publicaciones del Centro David Rockefeller para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, y allí edita la ReVista y la revista académica el Harvard Review of Latin America. 
Conoce a Colombia pues lleva más de 30 anos conectada con el país, contando sus historias para la prensa nacional e internacional. Pero quizás lo conoce de una forma que nosotros los colombianos no hemos visto porque tiene esa mirada distinta que da ver las cosas desde afuera. Esa que le permite a un extranjero ver las particularidades que son invisibles para nosotros los nacionales y hacerse las preguntas sobre lo que parece más cercano y obvio, pero que en realidad, precisamente por ello, nunca planteamos.  A medida que avanzaba en la lectura del libro de June me daba la sensación de que estaba descubriendo un mundo que debía saber de memoria y, confieso,  me iba sonrojando un poco.
A la vez, como June parece haber compartido bastante con muchos colombianos de diversas regiones y condiciones, habla también como una colombiana más que siente el país como suyo y critica y se enorgullece como cualquiera de nosotros.
En su libro Una gringa en Bogotá, June hace eso: observa a esta ciudad con la mirada distante, la que solo tiene un foráneo, y además con el espíritu inquisitivo propio de los buenos reporteros de su país. Por eso averiguó sobre la historia del Quiosko de la Luz en el Parque de la Independencia, el número de perros callejeros que la administración distrital mata al mes por inyección letal y el de vacas que pastan en sus múltiples lotes de engorde, y por eso encuestas informales sobre si todavía a la mujeres le echan piropos por las calles y si ellas se sienten acosadas por ello.  Pero, a la vez celebra a Bogotá como cualquier cachaca: se inspira con su verdes y su luz, se regodea con las mejoras en el transporte y las ideas originales  que han desarrollado los bogotanos en la cultura y la recreación. Y, por supuesto, se emociona con el esfuerzo de su gente trabajadora, la segunda que más trabaja en el mundo, según un estudio que cita June, de la OIT.
Lo que encontré más interesante de este libro, sin embargo, es que logra explicar –como nunca lo podemos explicar bien los colombianos a los extranjeros esos que se mueren de susto de venir a Bogotá porque creen que caerán bajo el fuego cruzado apenas bajen del avión— June logra explicar esa extraña sensación que vivimos los bogotanos de no ver casi nunca la guerra, ni sus balas, ni sus muertos, pero sentirla cada día. Ella la ve ahí, como telón de fondo de la comedia urbana, en los desplazados que piden limosna en los semáforos, en la obra de arte simbólica para que no olvidemos a los desaparecidos en la Plaza de Bolívar, en el relato de una amiga a quien le secuestraron y asesinaron a su padre, en la excesiva cantidad de soldados armados con fusiles de asalto en las calles y en el helicóptero artillado que ronda los edificios del centro el día de las elecciones.
La idea de esta noche es charlar un rato con June sobre este libro sencillo y original."

  

GrupoSantillana

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2005