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Era lunes cuando cayó del cielo
Juan Diego Mejía

Fecha publicación: Septiembre 2008
Precio: $ 39,000
Presentación: Corriente


Descripción

Presentación de la novela ERA LUNES CUANDO CAYÓ DEL CIELO, de Juan Diego Mejía, por el escritor Gonzalo Mallarino.

Juan Diego Mejía ha narrado la historia de Lucía. ¿Cuánto tiempo la habrá tenido en la cabeza? ¿Cuánto tiempo la habrá tocado con las yemas de los dedos?

Ahora yo la he leído y también pienso en ella, en Lucía. Ya me conmueve pensar en ella también. He empezado a recordarla con tristeza y con amor, tal como le pasó a él durante años. Creo. Ahora Juan Diego se sentirá tranquilo porque por fin escribió la historia de esa mujer y algún círculo se ha cerrado.   
Lucía nació en Medellín, cerca de esas lomas peladas que hay detrás de la Universidad de Medellín. Hace poco yo estuve por allá, antes de leer esta novela. Yo no sabía que iba a leer esta novela. Acaso pasé por Las Violetas, su barrio; tal vez frente a su casa. Quisiera pensar que sí. Tal vez su mamá estaba asomada por la ventana, mirando hacia fuera, descansando un poco de la máquina de coser. Ahora ella tendrá la cabeza más blanca, las manos más pequeñas, los ojos más entristecidos.

Lucía…. Juan Diego no me dijo bien cómo es ella, cómo era. O talvez sí, pero he preferido olvidarlo al cerrar el libro. De todos modos yo tengo ya mi recuerdo propio de ella. Juan Diego dijo que su piel se doraba y se aromaba bajo el sol. Eso sí lo dijo en las páginas de su libro. Sí me dijo que ella decía amor, espérame; o, amor, búscame; o, amor abrázame que tengo miedo. Se lo dijo a Marcelo que era su novio y él no la entendía, no la oía. Todo eso está en la novela. Pero yo no sé bien cómo eran sus ojos, o si era alta o delgada, o cuál su color preferido para las uñas. Sólo sé que a veces sonreía como un sol, y a veces lloraba como una chiquita, y que su cuerpo olía como olía a veces el aire de El Poblado cuando horneaban galletas en una fábrica cercana. Y hoy me da dolor pensar en su boca, en sus hombros, en su pelo. Me da dolor no haber sido quien estuvo a su lado mientras dormía y su cuerpo se iba poniendo más tibio en la oscuridad. Juan Diego me ha creado esa nostalgia.

Lucía era modelo. Desde jovencita empezó su carrera probando las tallas de los bluyines de una empresa importante, cuando todavía iba al colegio de las monjas salesianas. Después se hizo muy famosa, hizo comerciales, avisos, campañas en muchas partes, en otros países. Todos la conocían. Aún hay vallas con su rostro, con su cuerpo, con su risa. Han pasado tantos años y no han quitado las vallas, quién sabe por qué. Se enamoró de ese muchacho rico de El Poblado, Marcelo Echavarría, y vivían juntos. Él era director y hacía comerciales. Ella lo quiso mucho, él la adoró. Esa es la historia. Están también el flaco Villa, Vásquez, Yiyo, el Pintor, los franceses, El Diablo que se escapó de que lo asesinaran en una comuna; Manosalva, el que la fotografió como nadie, el que vio su alma en la lente de la cámara; está un mendigo oscuro que lleva un costal y por algo entristece tanto a Lucía; y por último está Mejía, él mismo, narrando, recordando….

Mejía es un narrador cuidadoso, su atributo es que no es altisonante, no vocifera, no se impone. Por el contrario, es callado, mira, se mantiene a distancia. Su corazón, entre tanto, siente. El primer acierto de esta novela es que el amor es vicario, la experiencia amorosa y sensual que es el asunto central de este libro, es sentida a través de otro. Eso le da a la novela una cosa melancólica, de delicada espera, de silencio que tiembla, de ternura que observa y calla. Además, los ojos de Mejía son delicados cuando mira el amor, cuando mira a las mujeres, y esto es un solaz para los lectores. Cuántas veces no queremos saber todo, no queremos constatar. Nos basta sólo con que el narrador nos guíe hasta el umbral, nos diga en voz baja qué podría suceder, qué podría sentir alguien, qué podría temer o perder alguien. Este novelista jamás haría algo procaz y eso es un alivio. Estamos a salvo con él.

Mejía narra bien, sin pedantería, sin culteranismo, sin falsa desenvoltura. Conoce su instrumento expresivo, lo ha trabajado, lo ha graduado, lo ha sopesado. Conoce sus palabras y las usa con sinceridad, con sensibilidad, con tino. Ese es el segundo acierto de esta novela, que la podemos leer sin temor a ser asaltados en nuestra buena fe. Podemos confiar en el autor, no porque nos vaya a dar un final u otro, no, sino porque narra con ternura, con amor, con honestidad, incluso cuando habla del desamor, de la falsía, de la violencia y la desesperanza. Siempre podemos contar con que Juan Diego Mejía será delicado, incluso pudoroso, y eso nos conmueve y nos inclina hacia él automáticamente.

La otra cosa que está  muy bien en “Era Lunes Cuando Cayó del Cielo”, la nueva novela de Juan Diego Mejía que publica esta noche Alfaguara, es la mirada sobre Colombia, sobre Medellín. Aquí hay un artista tratando de cargar de sentido, de significado el lenguaje para narrar un episodio a un tiempo nimio y terrible de la vida. Eran, evidentemente, los años de Pablo Escobar y de la primera violencia del narcotráfico en nuestras ciudades. Eso está claro, lo sabemos en cada página que vamos leyendo. Pero Juan Diego sabe que es novelita, que tiene que encontrar un ámbito narrativo que defienda a su heroína y a su historia de lo vano, de lo superficial, del paso del tiempo, de la llegada tan pronta del olvido. Sabe que no es un cronista, un locutor de noticias, un editorialista de periódico o noticiero, pasando por escritor. O lo que es peor, pues al fin los primeros se ponen en evidencia pronto: sabe que no es un escritor que con habilidad trata de pescar en el río revuelto de nuestras angustias, para conseguir el éxito.

Qué bueno que Juan Diego Mejía no entiende el oficio de narrar así. Qué bueno que no se ha dejado tornar, como tantos otros estos días, en un vendedor profesional de nuestra violencia.     

GrupoSantillana

GrupoSantillana
2009