PRESENTACIÓN DE "SÁLVAME, JOE LOUIS", ÓPERA PRIMA DE ANDRÉS FELIPE SOLANO
El martes 9 de octubre de 2007, los escritores colombianos Juan David Correa y Álvaro Robledo presentaron la ópera prima de Andrés Felipe Solano, "Sálvame, Joe Louis". El siguiente es el texto de su presentación:
Juan David: Después de pensar durante dos semanas qué diablos haríamos para presentar el libro de Andrés Felipe, apareció el milagro ansiado: no nos decidíamos por un
sketch tragicocómico, o por organizar un campeonato relámpago de bolos para esta ocasión. Tampoco nos convencía la idea de hacer cada uno un texto por separado para avalar y alabar las virtudes de la ópera prima de nuestro querido Andy. Una noche, sentados en la sala en donde Andrés Felipe ha pasado muchos de sus días, y algunas de sus noches, sonó el teléfono. Alguien de la editorial nos llamaba, algo consternado, para decirnos que en tan sólo dos semanas de estar el libro en el mercado, el aluvión de cartas de protesta y salutación para
Sálvame, Joe Louis, era atronador. Hasta esa fecha, la puerta de la editorial amanecía atestada, día a día, con una treintena de misivas. Decidimos pedir que nos las mostraran sin dilaciones al día siguiente.
Álvaro: Pasamos dos días encerrados leyendo con estupor todas las reacciones a la patología de Boris Manrique, el protagonista de la novela. La ficción comenzó a superar por mucho a la realidad. Manrique era el blanco de asociaciones feministas, grupos radicales, colegios religiosos, medios de comunicación y personas particulares. La bola de insultos y elogios comenzó a crecer y crecer y para nuestra fortuna, decidimos que fueran esos lectores y algunas cartas escogidas las que presentaran la primera novela de este buen hombre que ha pasado los últimos seis meses de su vida en Medellín, bebiendo aguardiente y conociendo de primera mano los más diversos antros de boleros y tangos.
Juan David: Sálvame, Joe Louis, todo hay que decirlo, es una novela con humor tan pasmoso, que uno podría pasar por alto su hondura. La historia es la de Boris Manrique, un muchacho de 22 años confinado a las noches solitarias y a un empleo de medio pelo. Sus días se le van en la redacción de Control remoto, una revista serie B, en la que impera el totalitarismo de Lourdes María Cañón, una directora arribista que decide utilizar a su fotógrafo de sociales, el buen Manrique, para que, además de cubrir exposiciones, lanzamientos y hacer lagartadas, escriba la sección de consultorio sentimental.
Álvaro: En ese escenario despoblado, aparece el mejor amigo de Boris, el legendario Santos Bustamante, un periodista que, desde hace por lo menos tres décadas ha cubierto fuentes tan escabrosas como fenómenos paranormales, congresos de ufólogos, y casos policiales tiene en su haber un prontuario sexual megalómano que recuerda obnubilado en el ocaso de su vida. Ese podría ser un resumen de un argumento que va más allá de la simpleza de las redacciones o un ensayo por dar cuenta de la vida de los periodistas, como ha sido costumbre en algunas de las novelas de los últimos tiempos.
Juan David: Y va más allá porque Andrés Felipe, ha indagado con rabiosa risa el mundo de un postadolescente perdido en Bogotá: ha tratado de ver con sus ojos el ansiado y complejo mundo de las mujeres, ha hecho, durante casi trescientas páginas un alegato sentido a la hipocresía social: podría pasar por misógino, machista, como lo llaman en algunas de las cartas que leeremos a continuación, pero no nos cabe duda de que la suya, es una novela que se pregunta con furia por algo más que por un mundo en particular.
Álvaro: Se pregunta, por ejemplo, por el tiempo: y para ello utiliza a Cornelio Zubizarreta, un sastre que el día que comienza la novela ha fallecido en Barcelona. Esa pregunta, que recorre de principio a fin la novela, le concede al personaje algo más que el humor fácil o la broma costumbrista: hace de Sálvame, Joe Louis, una parodia con altas dosis de humor negro, sobre la vida en una ciudad tan poco escrita desde los sentimientos.
Juan David: A continuación vienen pues, las cartas que seleccionamos para presentar una novela que, se nos antoja, está llamada a ganarse un lugar en las boleras de la ciudad, en las barras de los bares solitarios o en las bibliotecas de las mujeres hermosas que miran el atardecer desde terrazas inciertas.
Álvaro: Y estás son las seis cartas finalistas, para que ustedes, probables lectores, amigos, enemigos, aficionados a los bolos y demás turba, escojan su propia ganadora. Para que se entiendan, leeremos antes el fragmento que corresponde en la novela al alegato. Esperamos que por lo menos, sientan curiosidad. Mientras tanto, larga vida a Sálvame, Joe Louis.
Juan David: Se lee en Sálvame, Joe Louis:
“En todo caso, quiero señalarme ante esa figurita sangrante y tan peluda como uno de esos metaleros de la calle 19, acusarme de ser un beodo, un ludópata y depravado que todavía busca tener sexo furioso con Isabel. Un ingrato que no visita a su madre hace un mes y a su abuela hace dos, un homofóbico incapaz de soportar los ademanes maricones de Wilmer, el encargado de la fotocopiadora de la oficina, un puerco que no lava los platos y repite calzoncillos y medias cada vez con más frecuencia, un bueno para nada que malgasta su tiempo viendo televisión, que sólo tiene malas palabras para Cornelio y su larga vida”.
Álvaro:
Apreciado Señor Solano:
Prefiero mantener mi nombre en el anonimato, pero llámeme Victoriano, un nombre sólido, fuerte, que casi parecen dos. Represento a la sociedad sin ánimo de lucro Homo Sapiens, entidad encargada de defender los derechos de los homosexuales en un entorno tan complicado como el colombiano. Sé que usted es un periodista serio, interesado en temas de toda índole, conocedor de muchas personas, entre ellas del reportero gráfico Boris Manrique a quien usted le dedica una crónica de ficción que hace poco salió al mercado bajo el sello de la editorial Alfaguara. Es una novela rabiosa, poética en ocasiones, con buenas dosis de humor. Sin embargo, su protagonista, el héroe, el mismo señor Manrique, es un homofóbico confeso, aún cuando él mismo se trasviste haciéndose pasar por la doctora Zúñiga para “consolar” a las personas que allí escriben. En una patria como la nuestra, que pugna por darle derechos a la “diferencia” me parece muy apropiado el trabajo que llevó a cabo. Que ese muchacho de clase alta desprecie y se burle de los “invertidos” sólo le da mayor fuerza y empuje a nuestro trabajo. Está joven, y más de un caso se ha visto de furibundos anti-homosexuales que tras unos años reconocen que lo único que tenían era una máscara de desprecio que intentaba ocultar lo que en verdad sentían: un profundo deseo de romper a patadas y cabezazos el clóset que los encerraba. Ha hecho un trabajo impecable, en verdad magnífico. Es una novela jodidamente buena. Espero que en el futuro podamos conocernos, y quién sabe, quizás trabajar juntos. Le agradezco bastante.
Atentamente,
Victoriano X
Jefe de Prensa Fundación Homo Sapiens
Álvaro: Se lee en la novela:
“- Boris, no estoy contenta con el consultorio sentimental de Control Remoto. No me gusta como lo está llevando Isabel. Usted sabe, le falta, le falta… le falta carne.
La falta de carne es una expresión que Lourdes María utiliza para todo. Es su gran comodín periodístico y la usa cuando las casi cuatrocientas mil palabras del idioma español simplemente no acuden a ella. Cuando un artículo arranca mal la invoca, igual que si termina abruptamente. Si una entrevista resulta desabrida o una foto desenfocada siempre es cuestión de falta de carne. Cuando el sol no sale también se debe a una ausencia cárnica. Carne sólo le sobra a ella. Aún no entiendo cómo logra embutir todos sus kilos en esos sastres menta, uva o curuba, su color preferido.
-Y como sé que usted lee y escribe bien- continua a la par que el desaliento y las naúseas me saludan- he pensado que debería encargarse de esa sección. No creo que le vaya a doler nada si llega más temprano uno o dos días a la semana y redacta unas buenas respuestas a las cartas que nos llegan. ¿O sí?”.
Juan David: Y contesta un lector:
Estimado señor Andrés Felipe Solano:
Déjeme felicitarlo por esa diatriba sólida y espléndida que usted ha bautizado Sálvame, Joe Louis. Confieso que no soy comprador de novelas, y menos colombianas, pero desde que vi su foto en algunos diarios, pensé en aquellos tiempos en que leía sus serias crónicas en la revista SoHo: la de los enanos me encantó, cuando hizo la del tanatólogo por poco me muero, y cuando fue ciego por un día, casi le pierdo la pista de la emoción. Ahora bien, mi dilecto Solano –créame que me ofendí cuando un escritor bogotano decidió hacer una novela con su apellido-, he leído su historia sobre el rebelde Boris Manrique, ese fotógrafo que me ha hecho rematar de la risa. Sin embargo, en calidad de representante legal de la revista Vea, quiero sentar mi protesta por las calumnias a las que usted somete al gremio de periodistas y directores de medios serie B. En primer lugar, no es verdad, como usted sugiere que nuestras secciones como consultorio sentimental las escriban hombres: cuando quiera puede venir hasta nuestras instalaciones y conocer de primera mano a nuestro equipo de psicólogas y profesionales. ¿O me dirá usted que en SoHo quienes escriben sobre eyaculaciones, polvos en la playa y demás fantasías femeninas, son hombres? Pero ahí no paran las cosas: pinta usted el medio periodístico como un circo de vanidades. ¿Acaso a conocido usted a alguna directora que lo someta a humillaciones como las que sufre nuestro Boris en su novela? ¿Acaso ha existido alguien en este país de buenos reporteros que haya inventado un maremoto en Bolivia? No, mi querido Solano, el periodismo colombiano es una institución, algo que usted, en calidad de autor, parece no respetar: ¿se ha escondido usted tras Boris Manrique para untar de heces un universo en el que usted ha brillado con luz propia? Esperaré con ansias sus próximas entregas. Y esta vez espero que aparezca algo positivo, algo lindo, algo armonioso de este país enorme que usted ha recorrido en calidad de periodista, profesión que parece detestar. Con mi saludo cordial.
Henry Holguín / Representante Jurídico / Revista Vea
Álvaro: Dice Boris:
“Lanzo más leña a la caldera donde se cocina este espeso caldo amoroso. Averiguo qué es lo que más me gusta de Lucía. La boca, gruesa sin ser vulgar. Las manos, delgadas pero no huesudas. Los ojos grandes, las cejas justamente pobladas y la frente despejada. El pelo largo, negro, sin rastros de tinte ni excesivas cepilladas. Las tetas, redondas sin falsía, amigables. El culo, pequeño y firme, duro, apretado. Podría ser compositor de boleros. Todo, todo me gusta de ti, tus brazos, tus caderas, tu cintura, tus dientes, tus uñas, tus pestañas. Tu vientre, tu esternón, tu pelvis, tus trompas de Falopio. Tus fluidos. Enloquezco. Más trago. Más whiskeey inigualable”.
Juan David: Y dice un lector.
Amigo, amigazo:
¿Quién es Boris Manrique? Me pregunté cuando cerré la última página de su primera novela. ¿Y sabe qué me respondí?: Todos somos Boris Manrique. ¿Le confieso una cosa, escritor? Faltaba alguien que fuera capaz de decirles a las mujeres unas cuantas verdades. Sí, como él dice en su novela, “el amor es una propaganda de detergente”. A mí, con los senos de las mujeres me pasa como con la cerveza: una es muy poquito y tres son demasiado. Ellas, en estos días libertinos y sin control, han querido coger el toro por los cachos y ponernos a todos los cachos, como lo hace Lucía París, la heroína de su novela, con el señor Boris Manrique. ¿Qué puedo decirle de Boris? Que a pesar de su corta edad es un tipo maduro. Y duro. Se desempeña con calidad en las huestes del sexo; sabe un montón de citas sobre el amor; conoce como nadie los detalles, fundamentales para ellas.
¿Misógino? ¿Abusivo?¿Machista? Así lo podrán llamar algunas muchachas que desconocen por completo qué coño es un héroe: y me permito utilizar el españolismo, pues así nombra usted a la flor femenina en su libro. Soy un amante desesperado, soy un lascivo a toda prueba, soy un el centro de un huracán, un sunami con ganas de amar. Soy un libérrimo amante de los anillos raros, de las mujeres que saben tomar trago, de las borracheras al atardecer, de la conspicua vida del siglo XXI. Soy un corredor a toda prueba, huyo cuando intuyo que los reclamos comenzarán a tomarse por asalto la tibieza y el calor de los primeros encuentros. Entiendo poco de mujeres, pero a todas quiero amarlas. Amarlas para poder decirles adiós. Amarlas para probarme que aún, con ochenta años a cuestas, es posible sentirse joven y pletórico. Somos hermanos Boris, así nos separen cincuenta y ocho años, y seas un patán con los viejos. Así el tiempo de preocupe más de la cuenta. Sólo recibe un consejo de este viejo que ha leído de un solo tirón tu libro mientras acariciaba en la memoria tantos escarceos: crecer duele, envejecer más, pero sí mantienes tu espíritu, si te esfuerzas por mejorar tu desempeño sexual, harás delicias, te volverás un codiciado campeón: podrás participar, nunca lo olvides, en torneos para maestros retirados y algún día quizá, jubilado ya, saborearás tus triunfos, y pensarás que las derrotas también valieron la pena.
Jorge Barón Carrillo
Escritor en ciernes
Buga, Valle
Álvaro: Escribe una lectora confiada al consultorio sentimental.
Querida doctora:
Le voy a ser todo lo sincera posible. Me casé hace cuatro años y desde hace dos mi matrimonio es un desastre. Permítame que le describa una escena muy común entre nosotros para que se haga una idea de mi situación. ¿Sabe lo que hace mi marido si un jueves a las diez de la noche me da por oír canciones viejas y tomarme uno o dos tequilas en la sala de la casa? El tipo me grita desde la cama que le baje el volumen al equipo porque tiene que madrugar. Le puedo jurar que la música a duras penas se oye. Otro ejemplo. Hace un año estábamos en un Ciudad de México y fuimos a un concierto de Chavela Vargas en el Palacio de Bellas Artes. Yo estaba muy emocionada, el alma no me cabía en el cuerpo. No sabe cuán hondo me llega la manera en que canta esa mujer. Bueno, pues en la mitad de una canción me puse a llorar y mi marido me preguntó por qué estaba triste, si es que no me había gustado la ubicación en la que habíamos quedado. ¿Puede creerlo?
Bueno, esto es apenas una pequeñísima muestra de lo que vivo.
En los dos últimos años he pasado por todos los estados: aburrimiento, tristeza, desespero, mal genio, desesperanza. Desde hace un tiempo me he dedicado a asistir a cuanta invitación me hacen por razones de mi trabajo. Soy abogada. Voy a cenas de caridad, matrimonios, inauguraciones de bares, restaurantes, sola o con alguna amiga. Me tomo todo el trago que me cabe y regreso al apartamento lo más tarde posible con tal de no tener que verlo. Al principio me divertía esa falsa libertad pero de un mes para acá me he sentido triste y vacía. Es como si estuviera extraviando el camino, sea cual sea.
La última vez que logré olvidar mi desastrosa relación fue en un bautizo. Me hizo reír un hombre mucho más joven que yo, al que conocí por casualidad. Los días posteriores pensé mucho en él y las ganas de llorar desaparecieron. Fui a lugares donde sabía que lo podía encontrar con la esperanza de verlo pero nunca apareció. Cuando estaba a punto de darlo por perdido me lo crucé en una exposición pero algo raro sucedió. No sé muy bien qué pudo haber pasado pero ese día me trató con una rudeza exagerada. Volví a estar triste.
Necesito que me aconseje, sé que usted es toda una profesional. Me gustaría que pudiéramos hablar personalmente, si no le molesta.
Mi celular es 310 5568343
Un saludo,
Lucía París
Buenas noches a todos y muchas gracias por estar aquí.