Innovación somos nosotros

Vivimos un momento excepcional para el cambio educativo. Sumar la voluntad de nosotros, con dinámicas ágiles en el trabajo de los equipos docentes, mirando las tendencias educativas del momento y facilitando la participación de toda la comunidad educativa nos permitirá alcanzar la transformación de las instituciones.

Vivimos en una época excepcional para el cambio. Nadie más que las voces contrarias al mismo claman en su contra demos ando que hay muchísimo movimiento visible de transformación educativa. Es por eso, que se alzan aquellos que aún dicen que el Sol gira alrededor de La Tierra y no quieren que el peso que está adquiriendo protagonismo en las aulas se termine convirtiendo en una nueva escuela para todos, en un cambio sostenible elevado por el profesorado, ajustado a la normativa vigente y comprendido y aceptado por toda la Comunidad Educativa. Al final todos tenemos un objetivo común y es ofrecer la mejor experiencia de aprendizaje y no solo al alumnado. Son equipos de profesorado, directivos, legisladores y familias que aprenden.

Sabemos que son muchísimos los movimientos de renovación pedagógica, los sueños de visionarios, las propuestas certeras, las experiencias consolidadas en el pasado, construidos en base a una nueva escuela que tenemos como referente de aquello que llega hasta día de hoy y llega como algo que podemos pregonar como cambios en nuestros centros educativos.

Así, a veces, se escuchan voces que argumentan: “Esto no es nuevo”, “Esto lo venimos haciendo desde siempre”, “Pues anda que no tiene años esto”, “Se piensan que van a inventar la rueda” y un largo etcétera de comentarios mezclando por un lado la alusión histórica de los movimientos de innovación educativa del S. XX y por otro a la autoconcepción de asimilar las nuevas prácticas al estilo de las antiguas, como cita Perrenoud: “Una de las mayores dificultades de la innovación es la capacidad que tienen las personas e instituciones de reinterpretar las ideas nuevas en función de las antiguas, y de asimilar las prácticas más innovadoras a la lógica de las tradicionales”.

Partiendo de este tejido de profesorado consciente del cambio y que busca que se produzca una verdadera innovación y aquellos que señalan a estos, diciendo que es mejor quedarnos en la tradición académica de lo que se viene haciendo, porque el peso del tiempo y la perpetuación de la práctica, aporta mayor rango que lo que está por venir, tanto unos como otros, hablan de transformación.

Y aquí viene un intenso debate: ¿Qué es innovación educativa? ¿Quién innova? ¿Qué es lo nuevo? ¿Es mejor que lo anterior? ¿Lo sustituye? ¿Cómo se produce y cómo se posibilita la innovación? ¿Quiénes son los protagonistas? ¿De quién es la responsabilidad de tomar las decisiones para el cambio?

Los mayores posibilitadores de un cambio sin duda son los docentes de un mismo centro, que a través de sus distintos roles, cargos y fortalezas aportan la diferencia con otros colegios, que no cambian a través del tiempo. Para que esto sea posible se debe partir de una mínima palanca de objetivo común que debe ser compartida al menos por un número mínimo de actores y actrices que van a marcar el elenco principal de esta compañía. Dependiendo del tipo de sistema educativo, tipo de escuela o liderazgo que habite en la institución, encontraremos diferentes vías de encontrar ese objetivo común y sembrar una cultura de centro que articule unas normas de juego que hagan que el proceso avance y no se quede estancado, o lo que es peor, revertido por aquellos que no tienen esa visión. Aunque un equipo directivo marque el camino, si los docentes no acompañan jamás se llegará a la meta, o por el contrario, un grupo del profesorado que establezca sendas de innovación, si no es liderado a través de figuras de dirección, que faciliten el proceso es muy posible que se agoten antes de llegar a mitad de camino. Tampoco tiene mayor interés un docente solitario, que a pesar de su gran capacidad y esfuerzo en su trabajo lleva a su aula grandes cambios, pero no es capaz de compartir ese buen hacer con el aula de al lado, y no comparte proyecto educativo ni tiene la capacidad de con-vencer al resto, para construir un cambio común. Incluso algunos generan rechazo y recelo por parte de sus compañeros, porque no son capaces de frenar el propio proceso de su trayectoria y ceder campo para que entren más protagonistas en este tipo de experiencias.

El concepto de “nosotros” cuesta arraigarlo en la Cultura de Centro ya que el empezar a hablar cam-biando al plural, es quizá la mayor cesión que vaya a hacer un docente nunca. El investigador James W. Pennebaker en su libro: “The Secret Life of Pro-

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nouns: What Our Words Say About Us” nos acerca la idea de que más allá del discurso de una persona, el cómo lo dice tiene vital importancia. Es curioso fijarse cuando la gente habla más con el “yo” que con el “nosotros”, es curioso escuchar a aquellas personas que hablan con los verbos en tiempos condicionales o con los presentes de subjuntivo antes que los presentes de indicativo. Es más fácil que se junten docentes que hablan de “nosotros” en “nuestro centro” para llevar a cabo un cambio, que aquellos que hablan con el “yo” o el “haría” o “haga”. Y nuestro primer objetivo es crear este “nosotros”.

Y es que innovación somos nosotros, aquellos que compartimos no sólo un lenguaje con una semántica consensuada y un ideal de cambio, somos los que permitimos que pasen cosas nuevas, que transforman nuestras instituciones, permitimos que este cambio nos transforme a nosotros mismos para conseguir que todo ocurra y los cambios pasen. Cada construcción que se haga desde el “Nosotros”, que aporte un beneficio sobre el aprendizaje, que haga crecer nuestra comunidad, añada valor a los procesos que ocurren en una escuela son y serán innovación.

Otro concepto importante para que el cambio se extienda no solo en unos pocos centros y realmente la escuela a través de sus cambios, fomente impacto a nivel social y sus aprendices sean agentes de cambio para la sociedad es que hablemos de una serie de tendencias que sean compartidas a nivel mundial y a las que no se puede estar de espaldas.

En educación, y gracias a los fenómenos de globalización, no nos son ajenas las prácticas de escuelas referentes, pioneras y que con evidencias enseñan al mundo que cambios han hecho profundos y extensivos con éxito. Ellas son tendencia.

En 2012 el consorcio de Ministerios de Educación europeos, European Schoolnet, inició el proyecto Future Classroom Lab, una iniciativa que llamaba la atención a agentes interesados en el cambio educativo y partía de 3 premisas que son tendencia al menos durante la última década. El uso de las metodologías activas para el diseño de experiencias de aprendizaje, la distribución de unos espacios que permitan esta serie de experiencias a través de la creación, intercambio, desarrollo, investigación y presentación como verbos principales. Y por último la integración de la tecnología como herramienta principal del S. XXI.

Así, en su “toolkit” o caja de herramientas para la transformación en aulas de futuro, aportan 5 procesos básicos, el primero de todos hace hincapié en las tendencias y los interesados. Es decir en el “nosotros” y en el “marco de cambio” que es deseable para que los centros avancen con un paso común.

Basta echar un ojo al gran libro de Alfredo Hernando, “Viaje a la Escuela del S. XXI” para darse

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cuenta de que vivimos, como él mismo dice, una serie de narraciones de éxito de lo que es el cambio educativo. El aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje cooperativo, la gamificación, el aprendizaje-servicio, la cultura de pensamiento, etc. son realidades emergentes en diferentes partes del mundo y aunque algunas escuelas pongan acento en uno u otro campo se afianzan el número de veces que estas narraciones se cuentan.

También aparecen una serie de lenguajes que se posicionan para compartir escenario con el lenguaje habitual que predomina por tradición. El lenguaje oral, el plástico y visual, el lenguaje musical y otros nuevos lenguajes basados en el código de la programación, todo ello como una gran elección para la expresión y creación de un ciudadano competente en el tiempo que vive.

Necesitamos que todos estos cambios “tendencias” que queremos hacer “nosotros” se vean facilitados a través de una dinámica de trabajo ágil y efectiva, ya que todo este escenario se puede presentar como una gran odisea que se vea imposible de alcanzar, más aún cuando el número de convencidos no sea muy alto o la dirección del camino no sea muy nítida.

Por suerte a día de hoy desde el mundo de la em-presa hasta el asociacionismo nos trae grandes herramientas y procesos para incluir en nuestras prácticas de centro.

Las diferentes metodologías de proyectos ágiles nos traen un gran repertorio de protocolos, secuencias, experiencias y dinámicas que hacen que el día a día en un centro educativo, que se embarca en la transformación aproveche al máximo el potencial de su equipo, tanto de los que quieren como de los que no, sea el motivo el que sea. Y es muy necesario si alguien quiere empezar a cambiar su centro que empiece a pensar en sus procesos con otra mirada y aplicar estas técnicas que encontramos en otros sectores profesionales, asociaciones, etc.

Por ejemplo, el Design Thinking o Pensamiento de Diseño permite empezar un proceso regulado por unas fases y unas técnicas que nos hacen disfrutar de las mismas a la vez que se crean cambios para llevar a cabo.

De su misma manera, otras metodologías como el Dragon Dreaming, nos marcan también etapas y procesos para llevar a cabo. Desde el Sueño, la Planificación, la Acción y la Celebración entendida como evaluación, nos permiten diseñar nuestro cambio, además de tener herramientas que permiten la participación profunda y conseguir acuerdos que sean perdurables en el tiempo.

Mucho más sencillo aún será utilizar estructuras de trabajo cooperativo generalizadas o las técnicas de creatividad de pensamiento lateral (conceptualizadas por Edward de Bono), para tener aún más repertorio de dinamización y facilitación dentro de nuestros procesos. También son de gran utilidad los Protocolos con pautas muy cerradas que no nos permiten salirnos del objetivo de la sesión y facilitan obtener el mayor feedback posible y profundizar en la reflexión en los temas que más necesitemos.

Piensa, por ejemplo, en desarrollar vuestra Programación General Anual, a través de un proceso con cualquiera de estas metodologías, con estructuras cooperativas y con técnicas de creatividad, que permitan traer ideas de todos y convergerlas en unos objetivos comunes compartidos. Reflexionar a través de protocolos, compartir los aprendizajes por medio de sesiones de cocreación. El “nosotros” se amplia considerablemente así, ya que aquellos docentes que aún no estén muy convencidos ven y viven el proceso y aportan y participan en los canales que hemos diseñado. Si un equipo directivo considera estas metodologías verán cambios y reacciones nuevas en su equipo.

Como en todo grupo humano, no todo proceso es igual, y aunque el comportamiento parece al final similar en diferentes contextos la experiencia no es una receta a probar. Será muy importante y vital ver que roles y rangos tiene nuestra organización. Y sobre estos hay literatura que nos puede ayudar a enfrentarnos a situaciones difíciles que un solo docente puede provocar. Podemos ver la aparición de roles contrarios al objetivo, que atenten contra el proyecto común. Un gran libro para compren-der a los demás y a nosotros en este aspecto de rol negativo es “Cómo tratar con gente difícil” de Roy Lilley. Citando a Bramson, nos advierte tener cuidado con los Tanque Sherman o con los francotiradores, ese rol que ataca sin ser visto, vestido de una afable simpatía (el social: “Venga chicos”), pero que ante el menor descuido da un tiro a matar a aquellos que están haciendo. Siendo más positivo no hay que perder de vista para comprender aquellos talentos que nos pueden ayudar y detectar roles a nuestro favor, que relata Tom Kelley en su libro: “Las diez caras de la innovación: Estrategias para una creatividad excelente” y es vital hacer énfasis en aquellos en los que se centran en el cuidado del equipo, de sus espacios, de facilitar la participación y ver como se sienten los componentes que lo forman.

Al final, si conjugamos con anticipación la prevención y lecturas de los roles que no quieren el cambio y aprovechamos los talentos de aquellos que presentan predisposición y suma, tenemos una gran baza y potencial para perseguir los objetivos.

Como conclusión, tenemos que partir de un “nosotros” que busca el cambio en nuestra organización, implantar cambios de tendencia que están siendo refutados como una necesidad para los nuevos aprendices del S. XXI, manejar metodologías ágiles, que cuiden al grupo y permitan la distribución de talentos y participación y al final, conseguir los consensos y consentimientos que otorgamos con confianza a los diferentes equipos de nuestro sistema. Así el cambio es posible. Me encantaría conocer sus procesos. Documentar y compartir el cambio es otra garantía. ¡Ánimo!

El Design Thinking o Pensamiento de Diseño permite empezar un proceso regulado por unas fases y unas técnicas que nos hacen disfrutar de las mismas a la vez que se crean cambios para llevar a cabo.

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Educar “agentes de cambio” para un mundo mejor

En un mundo marcado por un cambio constante y acelerado, es fundamental educar “agentes de cambio”, lo que supone un alto componente ético y un enfoque holístico. Estamos ante un nuevo paradigma educativo: aprender a mejorar el mundo en el que vivimos de la misma forma que aprendemos a leer y escribir.

Pensemos en el exponencial crecimiento demográfico de las últimas décadas y sus impresionantes previsiones a futuro, en el espectacular avance tecnológico, o las cada vez más complejas interrelaciones en un mundo global. Las sociedades actuales están definidas por su volatilidad, su hiperconectividad y por una constante: el cambio. Claro que el mundo, por definición, siempre está cambiando, según en qué momentos los cambios se han producido de forma más paulatina o más rápida, a veces incluso revolucionaria. Pero muchos elementos sociales, políticos, científicos, etc. parecen indicar que el cambio en nuestro momento histórico se produce de forma especial-mente acelerada, hasta el punto de que el futuro inmediato resulta más imprevisible, más incierto desconocido.

Esta tendencia es un hecho científico al que muchos investigadores y humanistas le han dedicado importantes trabajos y para el que, seguramente, habrá detractores. Pero más allá de justificar esta idea o entrar en el debate hay afirmaciones que parecen claras y unánimes. Por ejemplo, la evidencia de que el cambio es una constante en nuestra vida. ¿Sabemos enfrentarlo o gestionarlo? ¿Sabemos anticiparlo? ¿Sabemos provocarlo? Nuestras acciones u omisiones como individuos influyen a nuestro alrededor y en las sociedades de las que formamos parte; sabiéndolo o no, queriéndolo o no, participamos de ese mundo interdependiente.

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Hay cada vez menos estructuras o jerarquías encargadas de resolver con eficacia los problemas que nos afectan. Ya no sirve simplemente con seguir las reglas marcadas “desde arriba” para que todo funcione. En este nuevo contexto, muchos enfoques tradicionales para hacer frente a los problemas resultan ineficaces. En ese complejísimo mapa de relaciones, el poder está más descentralizado, más repartido. Todos tenemos un papel protagonista para dirigir nuestras propias vidas e influir en las de los demás.

En un mundo marcado por el cambio, sería deseable que todos y todas seamos “agentes de cambio”, personas conscientes de nuestro papel protagonista y del poder que desplegamos (o no) para contribuir en ese proceso colectivo. Es más, no estar preparado para convivir con el cambio o tomar parte de ello sería quedar marginado, ya que el protagonismo lo asumirán otros.

La tendencia mundial es hacia un mayor empoderamiento de las personas. En una entrevista reciente de The World Values Survey, realizada de forma longitudinal a nivel global desde hace 40 años, destacan la creciente demanda de las personas por ejercer su participación, su expresión y ser empoderados.

Habilidades para el siglo XXI

Parece que son más necesarias que nunca las habilidades relacionadas con la colaboración, la disposición de cooperar o de comprender la diversidad. Las cosas ocurren generalmente por la capacidad de personas distintas de buscar resultados comunes. No importa ahora si lo llamamos habilidades, competencias, capacidades, atributos o fortalezas… lo importante es que es algo que puede ser practicado y desarrollado.

Se requieren también habilidades para liderar. Pero es un nuevo concepto de liderazgo: abierto, compartido y más horizontal. Las relaciones entre las personas hoy son más abiertas y flexibles que nunca. Los modelos autoritarios y rígidos van cediendo terreno hacia modelos más transitorios, más plurales y participativos. Todo el mundo tiene muchas más oportunidades para ejercer su voz, y se convierte además en una necesidad inevitable. Es un liderazgo dialógico, basado en la comunicación, el empoderamiento de las personas participantes y el trabajo en equipo.

El nuevo siglo requiere también personas capaces de resolver problemas y buscar soluciones diferentes para lo que no funciona. Hombres y mujeres predispuestas a enfrentar conflictos con ánimo conciliador, creativas, que se den permiso para intentarlo y, probablemente, fracasar.

El ámbito empresarial demanda todo esto cada vez con más anhelo, y lo vemos también en multitud de escuelas que lo incorporan en todos los niveles de forma cada vez más frecuente. Empiezan a predominar los aprendizajes colectivos o la autogestión de equipos y donde el rol del docente se revisa en momentos para pasar a ser mediador de relaciones y conflictos y orientador para la investigación y el autoaprendizaje.

El mundo ya no pertenece a un sabio que nos lo traduce y explica sino que nos pertenece a todos. Es un lugar más acogedor, que descubrimos juntos, que resulta relevante para mí y tiene sentido en re-lación con los demás. Es también un entorno lleno de oportunidades para la reflexión y la acción.

Empatía basada en la acción y la ética

El nuevo orden social necesita personas con iniciativa, proactivas, capaces de ejercer un liderazgo y colaborar, con habilidades emprendedoras y de resolución de problemas, capacitadas para navegar este mundo en constante evolución.

Pero esto conlleva un gran reto. ¿Acaso no tienen iniciativa los dirigentes del terrorismo internacional? ¿No son capaces de colaborar y trabajar en equipo esos eficaces colectivos que lideran, por ejemplo, redes de explotación? ¿No fueron grandes líderes quienes conquistaron, organizaron guerras y exterminios? ¿No son personas emprendedoras quienes, por ejemplo, gestionan empresas que vulneran los derechos humanos o destruyen el medioambiente?

Ser un “agente de cambio” tiene un imprescindible componente ético. Consiste en desplegar todas nuestras habilidades con el fin de mejorar nuestra vida, la propia y la de nuestras personas cercanas, la comunidad y por extensión, la humanidad o el planeta.

Se trata de entrenar nuestra capacidad empática, para detectar situaciones problemáticas y tomar partido para resolverlas por el bien común. Requiere una gran capacidad crítica y creatividad, resiliencia, curiosidad. Y para ser eficaz requiere también grandes dotes de habilidades sociales, emocionales y ser capaz de aplicar mis conocimientos adquiridos.

Un nuevo paradigma educativo

Pero, ¿cómo educar “agentes de cambio”? ¿Cómo se aprende y se desarrolla esta capacidad y esta forma de vida? Solo hay una vía: practicando.

Nuestra infancia y adolescencia están determinadas por las experiencias que tenemos, por los entornos en que crecemos, lo que percibimos, por las personas con las que nos relacionamos y lo que hacemos… y cómo todo ello nos hace pensar o sentir.

Somos muchos los que creemos que estamos en un nuevo paradigma educativo. Un cambio similar al que supuso comprender que todo el mundo tenía que aprender a leer y a escribir en la escuela o que la educación física era importante en los currículos escolares. Con esta visión, todo niño, niña o adolescente tiene que desarrollar sus capacidades como agente de cambio, lo que requiere practicar esa empatía en acción y con imprescindible componente ético y que da forma y sentido a toda la innovación y renovación pedagógica. Es para eso, para mejorar el mundo, para lo que adquirimos conocimientos, para lo que aprendemos a ser capaces de trabajar en equipo, a ejercer un liderazgo responsable y compartido o a resolver problemas.

Es un desafío para un mundo, el escolar, que suele reaccionar lentamente y continúa preparando nuevas generaciones para un mundo que ya no existe. Un mundo dividido en áreas y departamentos del conocimiento, con un modelo de “educación bancaria”, que reproduce las desigualdades existentes. Necesitamos construir un nuevo paradigma en el que prime el diálogo, la colaboración, la iniciativa, la solidaridad, el espíritu crítico y prácticas transformadoras de la realidad social. (Freire, 1987).

Una educación que no hace al estudiante protagonista de su propio aprendizaje nunca será transformadora. La competencia matemática y la lectoescritura no garantizan una base educativa completa. La escuela debe ser un lugar para incorporar diferentes dimensiones del conocimiento, del pensamiento y del comportamiento: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser (Delors, UNESCO, 1998). Una concepción en la que un proyecto social llevado a cabo en equipos en la escuela es tan importante como un proyecto científico en el laboratorio.

Si seguimos concibiendo la escuela en todas sus etapas con el único foco de la tradicional instrucción académica estaremos olvidando el propósito final de educar personas capaces para un mundo mejor. Necesitamos poner los imprescindibles conocimientos y la excelencia al servicio del bien común. ¿Cuántos monstruos de la historia de la humanidad son o hubieran sido excelentes en PISA? O, sin irnos a extremos, ¿cuánto conocimiento desperdiciamos por no entrenar nuestra capacidad de aplicarlo para hacer mejorar el mundo en el que vivimos? Podemos aprender robótica para diseñar un tanque o una mejora en la calidad de vida de personas con discapacidad psicomotriz.

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Afortunadamente, en todo el mundo hay cada vez más escuelas que recuperan este propósito y le plantan cara a políticas educativas normalmente poco flexibles o promotoras de este tipo de in-novaciones. Escuelas que muestran orgullosas su visión educativa centrada en formar ciudadanos y ciudadanas competentes y comprometidos con el mundo en el que viven, que desarrollan sus propios mecanismos para evaluarlo y los comparten. Escuelas cuyo fin último va más allá de innovar o capacitar alumnos y alumnas “excelentes”, que también, sino que todo ello se pone al servicio de un fin superior: educar personas íntegras y que contribuyan a mejorar el mundo en el que viven.

Enfoque holístico

Empoderar a las personas con este enfoque, con especial atención a las nuevas generaciones, es una cuestión de supervivencia básica del mundo en que vivimos. Y es un reto que requiere un enfoque integral.

Necesitamos que las escuelas no pierdan de vista este propósito, lo enseñen, lo practiquen y lo evalúen. Hay multitud de aproximaciones diferentes para el aprendizaje activo y la práctica de la transformación social. Las escuelas de todo el mundo, según sus contextos, están siempre rodeadas de oportunidades para desarrollarlo.

Necesitamos que los y las profesionales de la educación estén preparadas para afrontar el reto; que las familias lo demanden, que las políticas educativas lo persigan y promuevan. Necesitamos revisar las fórmulas de admisión en las universidades, porque condicionan lo que ocurre en todas las etapas anteriores (bachillerato, secundaria, etc.).

Es imprescindible trabajarlo también en el entorno familiar. Se necesita propiciar y acompañar a los jóvenes en esta experiencia, dejarles equivocarse y ayudarles a intentarlo de nuevo.

Necesitamos comunidades, municipios o barrios que ofrezcan oportunidades para participar, que establezcan relaciones con los centros educativos y las familias, que dinamicen los tejidos sociales y asociativos con este propósito.

Necesitamos empresas responsables, que den ejemplo como “agentes de cambio” en positivo, que favorezcan la iniciativa social de sus empleados. Es interesante cómo empiezan a variar las políticas de contratación de personal, una tendencia que ya no confía tanto en un curriculum vitae tradicional con sus títulos académicos y poco más, sino que indaga en esas habilidades, actitudes, inquietudes o experiencias no necesariamente profesionales que definen una persona.

Y un largo etcétera. Es todo un ecosistema el que interviene para empoderar a un niño o niña como agente de cambio, un conjunto de relaciones entretejidas dentro y fuera de la escuela y que conforman su experiencia vital.

Necesitamos innovaciones que favorezcan y alimenten estos ecosistemas, que impulsen a comunidades enteras trabajando juntas para proporcionar vivencias y experiencias que permitan a los más jóvenes convertirse en agentes de cambio. Innovaciones disruptivas que no se limiten a lo que ocurre en la escuela.

“Una persona no puede participar activamente en la historia, en la sociedad, en la transformación de la realidad si no es ayudada a tomar conciencia de la realidad y su propia capacidad de transformarla. (...) La realidad no puede ser modificada excepto cuando las personas descubren que es modificable y que lo puede hacer ellas mismas” (Freire, “Pedagogía del oprimido” 1987).

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