Edición 18Opinión

Educación y empleo:

la brecha permanente en América Latina

En el pasado mes de noviembre la Fundación Santillana y el diario El País invitamos, en la sede central de la Fundación Telefónica en Madrid, a un destacado grupo de líderes del mundo de la política, la universidad, la economía, el arte, la empresa y la educación a que debatieran sobre una cuestión clave como es el papel que tiene la educación en el futuro laboral de nuestros jóvenes.

Como se expuso en ese encuentro, todos somos conscientes de que existe una brecha entre la educación y el mundo laboral, brecha que durante los últimos años, y por diferentes motivos, ha aumentado y se ha hecho más resistente no obstante las numerosas iniciativas que se han emprendido para acortarla. Una brecha que en el caso de América Latina prevalece y se incrementa, en mayor medida entre los jóvenes, una vez superada la etapa de crecimiento económico, con datos que cada día son más preocupantes: en nuestra región, según nos dice el Banco Mundial, 127 millones de personas, es decir aproximadamente la quinta parte de su población, sobreviven gracias a la economía informal, economía en la que se encuentra un 73,4% de la población con menores ingresos. El desempleo, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ha alcanzado en 2016 el 8,1 % de la población, la mayor tasa en años y, además, uno de cada cinco jóvenes entre 15 y 24 años se encuentran en la categoría maldita de los que ni estudian ni trabaja, los identificados como “ninis”, lo que equivale en términos absolutos a unos 20 millones de jóvenes.

La OIT califica esta situación como propia de una transmisión intergeneracional de la pobreza y de desigualdad: tiene su origen en hogares pobres y está fuertemente condicionada por razones de género. También está demostrada su relación directa con la delincuencia y otras formas de violencia.

Al analizar las causas de esta situación debemos fijarnos en primer lugar en las competencias básicas disponibles por nuestros conciudadanos, las que podemos calificar como imprescindibles ya que a partir de ellas se desarrollan todas las demás, siendo conscientes de que lo importante no es lo que saben nuestros jóvenes, sino lo que saben hacer con lo que saben. Pues bien, de acuerdo con los recientes resultados de PISA 2015, como se detalla en otro artículo de la presente edición de Ruta Maestra, los estudiantes de América Latina obtienen un bajo rendimiento en relación con los países de la OCDE y salvo en los casos de Perú y, de manera más matizada de Colombia, no se registran mejorías significativas (cuando no drásticas caídas, como ha ocurrido en Costa Rica) y, además, se pone de manifiesto que existe una gran diferencia en los resultados entre países de la región, como es el 33% existente entre Chile y República Dominicana, como también muestra TERCE de Unesco y, más aún al interior de cada país de acuerdo con dos grandes factores generadores de desigualdad: la brecha vertical, es decir el origen económico y social de los alumnos y la brecha horizontal, por razones de género o etnia.

Nuestros alumnos con bajos niveles de desempeño son mayoría: según la OCDE y Unesco, entre un 40 y un 60% de los alumnos de quince años de la región tienen problemas para usar reglas básicas y resolver problemas con números enteros o, por su baja competencia lectora, son incapaces de identificar información inequívoca en un texto.

En fin, una escuela básica que, según estudios del Banco Mundial (2014), cuenta con profesores con limitaciones en su formación, con salarios por debajo de la media de los profesionales con una cualificación similar, sin obtener compensaciones por su mejor desempeño, profesores que, según el estudio citado, apenas dedican el 60% del tiempo a la instrucción, frente a tareas rutinarias e ineficaces, tiempo en el cual prevalece el uso del pizarrón sobre dinámicas participativas o la utilización de tecnologías.

Sabemos que existen tres competencias claves para mejorar la empleabilidad. En primer lugar la tecnología, como lo demuestran estudios que ponen en evidencia las graves carencias existentes en la región y el grave desajuste que existe entre las habilidades disponibles por los jóvenes y los requerimientos del sistema productivo: una encuesta realizada a 767 gerentes de empresas de América Latina puso de manifiesto que esa brecha alcanzaba al 35% de los trabajadores calificados. La segunda competencia clave se refiere al dominio de la lengua inglesa, la lengua franca global junto con el español. Pues bien, en América Latina, según un reciente informe del Diálogo Interamericano, 12 de los 14 países incluidos en el Índice de Nivel de Inglés (EF EPI) padecen niveles bajos o muy bajos. En tercer lugar, las denominadas habilidades técnicas, matemáticas y científicas (STEM por sus siglas en inglés), tradicionalmente relegadas en nuestra región, carencia que produce efectos con fuerte impacto negativo en el empleo y en la economía, como es la escasez de ingenieros calificados: de acuerdo con el informe antes citado, las universidades argentinas gradúan uno por cada 6.700 habitantes, las brasileñas uno por 6.000 y las chilenas uno por cada 4.500 habitantes, frente a ello China gradúa uno por cada 2.000 y Francia o Alemania un ingeniero por cada 2.300 habitantes.

Las competencias no cognitivas importan y mucho. Una encuesta aplicada por el BID en 2010 en empresas de diferentes sectores y tamaños de Chile, Argentina y Brasil, demuestra que las habilidades socioemocionales, como ser correcto en el trato, ser puntuales, ordenados, con capacidad de trabajar en equipo, respetuosos, etc., son, con diferencia, las más valoradas por los empleadores, por encima de las cognitivas genéricas y las específicas para cada puesto de trabajo.

En relación con las competencias no cognitivas, recordemos lo que afirma la OCDE sobre que las competencias son la divisa global del siglo XXI, así figura en un informe titulado “Mejores competencias, mejores empleos, mejores condiciones de vida”, en el que se mantiene que estas, además de ventajas económicas, aportan mejores oportunidades de empleabilidad, de salud, de bienestar, de vida solidaria y actividad política, en resumen, de ciudadanía responsable y de bienestar para las personas.
Ante esta situación y desde una perspectiva empresarial, era previsible la conclusión alcanzada en un reciente estudio realizado por Manpower, en él se sugiere que las empresas en América Latina están teniendo dificultades para ocupar puestos de trabajo cualificados debido a una fuerza laboral educada de manera escasa o inadecuada y, lo que es peor, que ese problema ha aumentado durante los últimos años: entre 2010 y 2015 el número de empleadores que han reportado esa queja ha pasado del 34 al 42%. Los empresarios de la región reconocen, según una encuesta realizada por el Foro Económico Mundial, que la calidad de la educación de los países iberoamericanos es regular o mala: en una escala de 1 a 7, de peor a mejor, la media está por debajo de 3.

De acuerdo con lo expuesto podemos concluir, si es que esto es posible cuando se habla de educación, que nos encontramos frente a la necesidad de construir un nuevo modelo educativo cuando, como afirma el premio Nobel de economía Stiglitz, el aprendizaje es más importante que nunca, un modelo en el que esa brecha entre educación y empleo al menos disminuya. Debemos apostar por una educación que ofrezca a nuestros jóvenes competencias básicas como las que hemos descrito, lingüísticas, tecnológicas, cognitivas y no cognitivas, gracias a las cuales tengan capacidad de reacción ante cambios y nuevas oportunidades en un futuro cada vez más globalizado y con mayor incertidumbre, del que desconocemos cómo serán el 75% de sus puestos de trabajo.

 

 

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