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Editorial

CLa finalidad última y principal de Ruta Maestra, que compartimos todos los que colaboramos en ella, no es otra que contribuir a la mejora de la educación mediante la difusión de información y la creación de conocimiento educativo: somos un equipo que coincide con lo que dice el filósofo español Fernando Savater, cuando afirma que la educación es la acción más humanizadora que se pueda realizar y que sería inimaginable el estado de barbarie en el que viviría el género humano, si no existiera la acción educadora.

También somos conscientes de que son los maestros, para quienes elaboramos y editamos Ruta Maestra, los protagonistas y mayores artífices de esa actividad civilizadora, y compartimos también con el mencionado pensador, su reflexión sobre que los intelectuales –como es su caso–, catedráticos, líderes educativos y similares, no somos más que maestros de segunda categoría: los maestros de verdad, los imprescindibles, son aquellos que ayudan a los niños y las niñas a construir su carácter, a saber ver y leer el mundo, a interpretarlo, a ser generosos; en resumen, a ser ciudadanos libres, solidarios y felices.

Los maestros, como les ha calificado el escritor Arturo Pérez Reverte, son seres humanos buenos que, orientados por la razón, han luchado por aportar a sus compatriotas las luces y el progreso. Maestros que trabajaron en difíciles condiciones, con grandes carencias y que, no obstante, lograron atraer e ilusionar a unos excelentes estudiantes en momentos en los que el acceso a la educación estaba limitado a unos pocos. Es posible que esa realidad pasada sirviera para construir un mito formado por maestros casi heroicos, hombres y mujeres buenos en resumen, y una selección de buenos alumnos, que sirvió de referente o ejemplo para su extensión a todo el país.

Quizás se creó un estereotipo pero, al igual que opina Gardner, en educación, como en el resto de las ciencias sociales, se aprende –y se crece– frente a los estereotipos, superando con ello una idea romántica compuesta por unos docentes que, en palabras de Mariano Fernández Enguita, eran algo así como unos “extraños sociológicos” en sus entornos de trabajo.

Los maestros son hoy un colectivo profesional que junto a la vocación que le caracteriza, cuenta con creciente cualificación y reconocimiento. Con ello, los maestros hacen frente a situaciones difíciles y complejas, como son su desempeño en una sociedad digital, la exigencia de nuevas competencias y, lo que es más difícil de gestionar, un mundo en crisis, permanente cambio e incertidumbre, que les deja huérfanos de certezas y seguridades para orientar a sus estudiantes hacia un futuro del cual desconocemos hasta el tipo de puestos de trabajo que existirán.

En el caso de Colombia, se produce un factor asociado que aporta a sus maestros una cuota de mayor responsabilidad y reconocimiento, debido a su contribución decisiva a los procesos de paz y reconciliación que se están llevando a cabo, después de un largo conflicto. Recordamos al respecto lo que dice la Carta Constitutiva de la UNESCO, firmada en 1945, después de la devastadora Segunda Guerra Mundial: “Puesto que las guerras nacen en las mentes de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Tarea que corresponde, en buena medida, a las escuelas y a sus maestros.

Sirva esta edición de Ruta Maestra y, en particular este editorial, como homenaje a todos los maestros y maestras colombianos; a los del pasado, por los retos y penurias que tuvieron que vivir y superar, así como por la ilusión y amor por la educación que nos legaron y, a los de ahora, por su iniciativa, esfuerzo y compromiso con la educación en tiempos de incertidumbre y cambio.

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