Edición 20Reflexión

La literatura infantil y los medios de comunicación

Entre recuerdos de sonidos de hojas secas y puertas chirriantes, la radio lograba en tiempos de la infancia de Albeiro Echavarría, autor de este artículo, crear nuevos mundos que se convertirían en aliados de la literatura. Hoy en día hablar de la radio como herramienta que influencia en la infancia, es un tema obsoleto. Debido al auge de los nuevos medios de comunicación el público infantil no se encuentra muy interesado en sumergirse en mundos construidos por las letras. Pero es aquí donde el autor plantea, que por el contrario a lo que se cree, las nuevas tecnologías no solo permitirán a la literatura infantil y juvenil salir del ostracismo en la que la han mantenido los críticos y medios de comunicación, sino que se convertirán en herramientas fundamentales para la promoción de la lectura. En esta reflexión se encontrará una visión fresca donde se considera que el nuevo aliado de la literatura es el internet.

 

La radio y el cine eran hasta hace poco los aliados naturales de la literatura infantil y juvenil. Pero desde la llegada de internet, todos los actores del mundo del libro se han reacomodado, generando nuevos estos y oportunidades. Los escritores tienen que adaptarse a esta nueva realidad.

Hace unos años una voz misteriosa congregaba a los chiquillos a eso de las siete de la noche en Yarumal, al norte de Colombia. Era don Donato Ríos. Tenía don Donato una emisora en la que emitía desde anuncios de pomadas para sacar el diablo del pecho, hasta consejos para la siembra en luna creciente. Eso no era del interés de los niños, entre los que me encontraba. Lo que hacía que ninguno faltara a la cita, aunque fuera con un radio prestado, era que don Donato desempolvaba, quien sabe de qué corroído anaquel, una colección de mil cuentos clásicos. Eso decía él, pero no debían ser más de una docena. Escogía uno para cada día y al cabo de doce días volvía a repetirlos.

Mis primos y yo creíamos que él hacía todas las voces y creaba los efectos especiales, pero después, al descubrir que esas historias salían de discos de acetato, nos deslumbramos aún más. Todavía recuerdo el sonido de las hojas secas de los árboles mientras Caperucita camina por el bosque inocente de lo que le espera en la casa de la abuela, el chirrido prolongado de la puerta —como una agonía interminable— cuando el lobo ha asumido su papel de abuela, y hasta resuenan en mis oídos los ruidos provocados en el estómago indigesto del lobo. Las narraciones de los cuentos estaban acompañabas con música escogida cuidadosamente para cada escena dramática. Cada pista era como una prolongación del texto más allá de su propia investidura. Ahí radicaba el milagro: en el acompañamiento de la narración. La música creaba su propia historia paralela, enriqueciéndola con nuevos matices, dándole nuevas posibilidades y logrando lo que todo narrador sueña: un lector absorbido, enajenado por un mundo nuevo.

Desde entonces he creído que la radio es el mejor aliado de la literatura, el más honesto. No cercena la imaginación. La radio tiene que ser descriptiva para superar sus propias limitaciones, y es oral: todos los sentidos del oyente tienen que estar dispuestos para crear la imagen; para darle color y movimiento a lo que las palabras describen. Pero la radio, en estos tiempos, es obsoleta para un niño porque poco o nada le ofrece. Para un joven, en cambio, la radio es música e irreverencia; en algunos casos desahogo. Los programas juveniles recuperan al oyente con un lenguaje contemporáneo y urbano. Y por supuesto, la radio atrapa porque transmite música, de la cual los jóvenes son los principales consumidores. Pero la radio carece de historias atrayentes para la infancia. Y por eso a un niño un radio es lo mismo que una vitrola: un objeto del pasado. Y es una lástima porque la radio, de todos los medios de comunicación, es el que más sirve a la literatura infantil.

Cuando me volví adolescente, empecé a buscar en onda corta un remplazo para don Donato y me encontré con temáticas diferentes en emisoras de Holanda y otros países europeos. Eran programas dirigidos a los adultos pero eso no me importaba. Esas emisoras lejanas tenían espacio para la poesía, para el jazz, para citar a autores rarísimos que no encontraba en la biblioteca, y me servían además para escuchar noticias con un tono pausado. La radio seguía siendo mágica.

Con el tiempo, migré a la televisión: el medio audiovisual me cautivó por completo. Programas como Los Superamigos, La Dimensión Desconocida, o las telenovelas que protagonizaban Lupita Ferrer y José Bardina —que las veía mi abuela—, me llevaron incluso a pensar que yo algún día podía llegar a ser director de dramatizados, cosa que no llegó a suceder.

A pesar de mi gusto por la radio y la televisión yo tenía claro que lo mío eran los libros. Para hablar de esto voy a pasar de don Donato a doña Eugenia López: solterona, delgada, de baja estatura; la falda le cubría la rodilla. Se bamboleaba con gracia entre las estanterías de la biblioteca de mi pueblo. Si uno le pedía un consejo ella podía hablar maravillas de un libro y lo retaba a uno a leerlo así fuera muy difícil, o hacía una mueca cuando lo consideraba de baja calidad. Yo llegué allí cuando apenas empezaba a leer y me convertí en usuario hasta que me fui de Yarumal. No había clasificación por edades sino por temáticas: libros de aventuras, de viajes, literatura universal, literatura fantástica, literatura latinoamericana.

Mi instinto me llevó a descubrir los libros de Emilio Salgari, Alejandro Dumas, Walter Scott y más tarde Flaubert, Thomas Mann y Juan Rulfo o Jorge Luis Borges, entre muchos otros. Yo hacía la selección, basándome en la reseña o en la primera página. Recuerdo que era una búsqueda excitante. Una vez mi abuela me hizo devolver un enorme volumen de Los miserables de Víctor Hugo, porque consideró que no era para niños. Yo me las arreglé para leerlo a escondidas. En el colegio, los profesores eran fanáticos de las novelas costumbristas, algo que me parecía muy aburrido.

La lectura en esos años era un encuentro permanente con la acción y el suspenso, con los sueños, con las tierras lejanas, con personajes inolvidables como El tigre de la malasia. Confrontaba mis propios miedos leyendo El gato negro de Edgar Allan Poe, o me paseaba por los corredores de mis angustias existenciales leyendo Siddhartha de Herman Hesse o a William Somerset Maugham y su obra Servidumbre humana. Lo importante era que yo lo descubría, y eso me hacía sentir privilegiado. Leer era casi un acto clandestino que iba afianzando mi carácter. No por eso dejaba de ver los Superamigos en televisión ni de echarle un vistazo a los novelones que mi abuela veía con religiosidad.

Eso me parece grandioso de un libro: que no solo se adapte a muchas lecturas sino que pueda divertir o estremecer a muchos lectores, sin importar la edad. En el fondo, los niños de hoy se entusiasman con las mismas cosas que los de ayer: una pelota, una muñeca y un carro. Ni la tecnología ni los medios de comunicación podrán cambiar nuestras necesidades primarias y fundamentales: la amistad, el amor, los sueños. ¿Habrá algo más mágico para un niño que una caja de cartón? El mensaje más sencillo es el que cautiva el corazón de un niño.

Siempre pensé, mientras completaba mi equipaje para iniciar el viaje de escritor, que la prensa escrita era mi destino inmediato. Por cosas del destino terminé haciendo periodismo de televisión. Pero la prensa me cautivaba. La aprendí a querer leyendo las entrevistas y reportajes que hacia Germán Santamaría en el periódico El Tiempo de Bogotá. Él hacía, con ese toque de nuevo periodismo de la escuela de Tom Wolfe, Gay Talese, Truman Capote, unos trabajos con un marcado acento literario que enaltecían el oficio de hacer periodismo. Pero esa afición por la prensa me vino de grande. No recuerdo que recurriera a ella de niño o de joven como también ocurre con las nuevas generaciones. Debe ser porque los periódicos no tienen en nuestros países de América una historia muy prolija en espacios dedicados a la infancia y la juventud.

La Agencia de Periodismo por los Derechos de la Infancia, PANDI, realizó en Colombia, el año 2014, un monitoreo a treinta medios de comunicación, sobre la cobertura de aspectos referentes a la niñez y la adolescencia. Se encontró que de los temas tratados el 22.1% correspondió a violencia, el 12.4% a salud y el 11.9% a educación. Problemas graves de la niñez como el trabajo infantil, drogas, pobreza, discapacidad, VIH sida, migración y desplazamiento no obtuvieron un cubrimiento mayor al 1%. 1

El motivo de este olvido es que la agenda de los medios se construye sobre la espectacularidad, el carácter amarillista y sobre un concepto de interés general que termina siendo excluyente. Podría uno pensar que en el tema de educación, el más cubierto, aparecería la lectura, teniendo en cuenta que el colegio aborda casi siempre la literatura desde el punto de vista pedagógico. Pero no, los medios de la muestra que abordaron el tema de la educación produjeron 3.504 publicaciones referentes a la calidad de la educación, de las cuales el 8.6% tuvo que ver con salud, 5.6% sobre derechos y justicia, 4.4% sobre violencia, y 4.3% sobre cultura.

Habría que buscar en ese 4.3% sobre cultura algo que tuviera que ver con la literatura infantil y juvenil. En Colombia, gracias a los planes lectores, hay colegios privados donde los niños pueden llegar a leer doce libros al año. Se programan conferencias con los autores, talleres con promotores de lectura, ferias de libro, concursos de cuentos. Pero ese es un mundo invisible para la gran prensa.

Curiosamente es en la agenda invisible donde se encuentran las grandes historias que nutren al escritor de literatura infantil y juvenil latinoamericana. Esa agenda invisible incluye a los héroes olvidados que hay en cada rincón de nuestras ciudades o en el campo, porque los héroes que tienen los niños de hoy son prestados de los grandes estudios de Hollywood. Ahí también están los temas profundos que afectan a un niño como la soledad, el hambre y el abandono. Las historias de los niños que son desplazados por la violencia urbana o rural, o las angustias de los niños que tienen que trabajar para sostener a sus familias.

La literatura infantil se ha ido desprendiendo del afán pedagógico del siglo pasado pero todavía le falta avanzar en algunos frentes. No hay una gran novela histórica que atrape al público juvenil, al estilo de Ivanhoe de Walter Scott, porque ocultamos nuestro pasado indígena; han desaparecido de la historia las heroicas hazañas de nuestros antepasados incas, aztecas, mapuches o muiscas, que las hubo por montones, pero que fueron minimizadas, o ridiculizadas, en las crónicas de indias. Escasea la ciencia ficción, tal vez por la excusa de que no tenemos un programa espacial; como si el futuro no nos perteneciera. Y la fantasía tiene excesivos rasgos de timidez, tal vez porque desde niños nos han prevenido contra lo “fantasioso”.

El futuro de la literatura infantil y juvenil está en los países latinoamericanos que aún poseen bosques, ríos caudalosos, mitos y leyendas inéditos, y están menos contaminados por la fiebre mercantilista, y donde aún hay un gran porcentaje de población joven.

Después de la radio, el aliado más importante que pareciera tener la literatura infantil es el cine. Desde que Georges Mélies filmó en 20 escenas, Cenicienta, en 1900, en su estudio de las afueras de París, la literatura ha sido fuente inagotable de una de las industrias más millonarias del planeta.

El cine es un medio que tiene su propia dinámica, su lenguaje y su sentido narrativo. Los escritores conciben una obra y es otra la que es recibida por el lector, que la somete a sus propias experiencias y a su imaginación. El cine aporta el movimiento, el sonido y la imagen: una obra única que no admite, con contadas excepciones, multiplicidad de lecturas. Para el espectador el cine es una experiencia sensorial que comparte con toda la sala, para el lector el libro es una comunicación íntima con un mundo que él mismo ayuda a recrear.

Podría parecer que la tecnología ha permitido que el cine rebase los límites de la imaginación de un autor. Hoy se hacen películas como El señor de los anillos o Harry Potter que llevan a pensar que toda creación literaria puede ser objeto de manipulación visual. Pero si uno vuelve al libro, encuentra pasajes que ni con la más avanzada tecnología pueden ser traducidos en imágenes.

Uno de mis libros favoritos, La colina de Watership, del escritor inglés Richard Adams, fue llevado al cine animado en 1978 por Martin Rosen. La película es un clásico de la animación, pero nunca podrá superar pasajes escritos como este:

La luz, igual y suave, se tendía como una capa dorada sobre la hierba, las matas de tejo y aulaga, los escasos espinos castigados por el viento. Desde el reborde la luz parecía cubrir toda la barranca más abajo, tranquila y amodorrada. Pero en la hierba misma, en aquella tupida selva hollada por el escarabajo, la araña y la musaraña cazadora, la luz moviente era como un viento que danzaba entre las hierbas para hacerlas escabullirse y entrelazarse”.

La escritora Pamera Travers, autora de la novela Mary Poppins, llevada al cine en 1964 por Walt Disney, manifestó siempre su descontento por la película ya que habían construido un personaje edulcorado y empalagoso, contrario a la Mary Poppins que ella había construido: una mujer reprimida sexualmente y poco amigable. Aun así, magníficos escritores como Roald Dalh han tenido la suerte de que obras suyas hayan caído en las manos de directores geniales como Tim Burton, en el caso de Charlie y la fábrica de chocolates. La película pareciera exaltar la obra literaria, incluso al final se desnuda el truco cinematográfico: la máquina de lanzar nieve se descubre en un zoom que sale de la humilde casa de Charlie, queriendo poner de manifiesto, que es una película tomada de un texto literario. Pero hay películas, como el caso de Los seis signos de la luz, adaptación de la obra The dark is rising de la escritora Susan Cooper, con malos actores, situaciones propias del mal cine de Hollywood y repetición de fórmulas maniqueas. que le crean un mal ambiente al libro. Aún sabiendo que el cine es un arte con sus propias reglas, hay adaptaciones que pueden llevar a un autor a sentir vergüenza. Se dice que Michael Ende pidió que quitaran los créditos de su nombre en la película La historia sin fin, descontento por el tratamiento que se había dado a su obra.

A partir del éxito de Harry Potter, primero en las librerías y después en el cine, no solo The New York Times empezó a publicar un listado de libros de literatura infantil y juvenil, sino que hubo un extraño fenómeno de regreso a la lectura en los jóvenes, en momentos en que ya nadie daba nada por el incremento en los índices de lectura y cuando algunos ya le estaban expidiendo al libro el certificado de defunción.

Una encuesta llevada a cabo en 2016 por la firma Yankelovich para Kids and Family Reading Report 2 arrojó como resultado que la serie Harry Potter es la favorita para niños entre 6 y 17 años de edad. Las millonarias ventas del libro, y toda la parafernalia publicitaria que se armó en torno a él, pusieron los ojos de la industria editorial sobre el público infantil y juvenil como consumidor de literatura.

Lo malo es que la fórmula se repita hasta el infinito: que autores, editoriales e industria del cine, le apuesten a los mismos temas. Lo bueno es que se enganche a los jóvenes lectores, que se recuperen grandes historias, gracias al avance de la tecnología, y que se hagan buenas películas como en el caso de El señor de los anillos que ha traído nuevas reimpresiones de la gran obra de J. R. R. Tolkien.

Una cosa es cierta: el cine no subvalora la creación literaria infantil y juvenil. Puede que en algunos casos la haga añicos, pero se sirve de ella y la promueve.

El nuevo aliado que ahora tiene la literatura es Internet. En un comienzo se pensó que iba a ser el peor enemigo porque iba a llevar a la desaparición del libro físico. Pero una vez superado ese temor, casi todos coinciden en que las posibilidades que ofrecen Internet y las nuevas tecnologías son infinitas para la literatura infantil y juvenil: el autor puede difundir su obra con mayor rapidez y acierto, y sus libros se hacen más universales al poder ser adquiridos en cualquier lugar del mundo. El lector a su vez puede seleccionar más libremente y comprar a menor costo. También puede consultar reseñas, crear grupos de lectura en WhatsApp, e incluso entrar en contacto con su autor favorito.

Porque en últimas, la lectura es más emocionante y liberadora de adrenalina que lanzarse en paracaídas desde una isla flotante.

Según el informe que cité antes, Kids and Family Reading Report, los niños consideran que a la hora de obtener una buena recomendación para leer un libro las mejores fuentes son: los maestros y bibliotecarios 51%, amigos, hermanos o primos 50%, clubes de lectura 50%, y en aplicaciones como Instagram o Facebook 26%. Destacándose aquí la creciente influencia de las redes sociales en los nuevos lectores. Sin embargo cuatro de cada diez niños (41%) dicen tener problemas para encontrar un libro que les guste.

Las nuevas tecnologías no solo le permitirán a la literatura infantil y juvenil salir del ostracismo en la que la han mantenido los críticos y los medios de comunicación, sino que se convertirán en herramientas fundamentales para la promoción de lectura. Pero para lograrlo, los autores deben partir de la apertura de las nacionalidades más no del desprendimiento de lo esencial y auténtico.

Superada para siempre la barrera de las distancias, hay que escribir para los niños del mundo que desconocen las fronteras. Para los niños que jugando en la playa, aún hablando idiomas diferentes, pueden construir con solo mirarse a los ojos un gran castillo de arena. O para el joven que tiene amigos no solo en su barriada, sino en Bangladesh, Vancouver o en Ushuaia en la Patagonia argentina, conseguidos en las redes sociales de Internet.

El papel del escritor de literatura infantil y juvenil, aportando nuevas y refrescantes historias, brinda un importante soporte para multiplicar el número de lectores, en alianza con las redes sociales y los nuevos medios de comunicación.

Lo que uno espera de los medios es que abran espacios de crítica literaria —como lo hacen, a su manera, los booktubers— donde los jóvenes lectores puedan encontrar esa cómplice, esa Eugenia López de mi infancia, que hace guiños dependiendo de la calidad del texto.

Hay que crear esos espacios de crítica y opinión que sirvan para que el lector se entusiasme con la idea de que la lectura es fundamental en la vida. Pero sobre todo, para que se convenza de que la lectura es una actividad para el goce y el disfrute; para dejarse seducir por los caprichos de la ficción. Porque en últimas, la lectura es más emocionante y liberadora de adrenalina que lanzarse en paracaídas desde una isla flotante.

 

Mostrar más

Albeiro Echavarría

Periodista colombiano y escritor de literatura infantil y juvenil. Algunos de sus libros más importantes aparecen en los Recomendados de IBBY Colombia e IBBY México.

Artículos relacionados

2 thoughts on “La literatura infantil y los medios de comunicación”

  1. Excelente iniciativa. A mi hija le encanta leer y eso la a ayudado en la escuela como no tienen idea; los libros de Santillana son muy buenos y creame que es una puerta importante hacia un mejor futuro.

    1. Muchas gracias Mónica por tu comentario. Nos alegra mucho que estemos contribuyendo a la formación académica de tu hija, agradecemos tu confianza puesta en nosotros 🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *