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Obras son amores…

Constato que en el sector educativo –y aun en el empresarial– existen, con no poca frecuencia, dos agendas: lo que decimos y lo que hacemos.

Escrito por Juan Carlos Bayona, rector del colegio Cafam. Plantea la distancia que existe entre lo que se propone y predica en la comunidad educativa y lo que se lleva a la realidad en materia de educación en valores.

 

 

Si uno quiere saber quién es una persona podría fijarse en lo que dice y aún más en lo que siente o en lo que piensa. O por qué no, en lo que sueña. Todo eso puede ayudar mucho. Y de hecho ayuda. Como es apenas natural, una persona no se reduce a lo que hace pero lo que hace sí la revela, en últimas, la delata. La discusión, con frecuencia banal, que tiene lugar en las escuelas sobre los valores y las emociones, casi siempre se esfuerza en subrayar los fundamentos teóricos y la importancia de la ética y sus conjuntos, pero no tanto sus efectos prácticos o de su coherencia con el mundo de las prácticas. Es fácil verlo. Los estudiantes de un jardín preescolar o de una universidad son puestos en una automática relación con las esencias de los valores y de las emociones a las cuales deben aspirar. Nadie les ha preguntado nada. Pero sobre todo, nadie les ha permitido y les ha provocado que tengan (literalmente), una experiencia desde su experiencia con eso que llamamos valores o emociones. Se discurre. Se piensa. Se escribe. Se dice. Pero no se hace. No se vuelve, diría el Estagirita, un acto.

Constato que en el sector educativo –y aun en el empresarial– existen, con no poca frecuencia dos agendas: lo que decimos y lo que hacemos. Es soporífera la sintaxis de nuestras visiones y misiones de los proyectos educativos o empresariales. Y los colgamos con orgullo en los muros. A veces justo a la entrada de los edificios. A veces en las oficinas principales o en las salas de espera. De buena fe, como se dice. El problema no es ese. Señalo tan solo que una cosa es lo que decimos y otra lo que hacemos. Conozco colegios con discursos sobre la autonomía y la libertad responsable muy bien templados, con planteamientos muy serios sobre la construcción de valores y la participación en la construcción del conocimiento, pero en la realidad de todos los días sus prácticas son, en esencia, asimétricas y la desconfianza por sus estudiantes es evidente. Sin embargo, todos, a su modo, hablan de sujetos autónomos capaces de cambiar los entornos y todo lo demás. Creo que nuestra inveterada tradición retórica nos ha llevado a la reproducción más mecánica del conocimiento, sacrificando las apuestas creativas y agazapando en definitiva, la formación del criterio a manos del mullido sillón de la norma. Obedecemos pero no cumplimos. Hablamos pero no hacemos. Predicamos pero no aplicamos. Y así. Más coherente sería que este o aquel que son colegios de naturaleza heterónoma y solo en contadas excepciones los estudiantes pueden saborear la miel helada que la autonomía vierte, se declaren así: colegio heterónomo tal, educación asimétrica de calidad. Válido. Y tan amigos. Pero escribir sobre el sentido experimental de un proyecto, sobre su carácter innovador o social, cuando lo que se ve es otra cosa, produce risa. Y tristeza. Porque es un postulado, no un hecho.

Obedecemos pero no cumplimos. Hablamos pero no hacemos. Predicamos pero no aplicamos.

¿Miro de soslayo el aspecto teórico de la ética de las emociones? En absoluto. Desde otra perspectiva, por ejemplo, es sabido que Colombia tiene la segunda Constitución política más larga del mundo. Y que después de 105 años de lo que para muchos representaba una única partitura a la hora de construir una nación, la Constitución de 1991, hizo que emergieran, por fin, a la superficie nacional otras formas de entender el Estado y la democracia. Y de completarlos. Muchos de los principios en ella concebidos esperan aún por su realización en forma de hechos concretos y grávidos. Contemplados en una especie de cielo inteligible, aquellos principios constitucionales del 1991 que no se han encarnado todavía como sería deseable, son en la forma de no serlo. Están dichos. Se formularon. Existen aunque no sean. Y es importantísimo que hayan sido consagrados en la Constitución porque de otra manera sería aún más difícil que pudiesen existir en la realidad de los ciudadanos. Cuando digo realidad me refiero, por ejemplo, a los días de la semana, al sistema de transporte, a la posibilidad de divorciarse, a la firma de un contrato de trabajo digno y decente, a la oferta pública de educación de calidad, a camas de hospital limpias. A eso. Reafirmo entonces mi indeclinable valoración por la teoría. Pero una teoría que signifique, que desemboque, en su propia práctica como su delta preferido.

Si uno verdaderamente quiere saber quién es una persona lo mejor es fijarse en lo que hace”.

La otra dificultad que veo en la formación de la sensibilidad hacia la ética y los valores y que contribuye a enredar más las cosas, es el énfasis exagerado por el bien. Por hacer el bien. Por ser buenos. Me explico. Con frecuencia la discusión ética sobre los valores conduce al problema del bien. Y a su pariente, el mal. Y ese no es fondo de una reflexión ética. Al menos no necesariamente. El bien, cuando está concebido como deseable a priori, supone una preeminencia de su ser, de su propia esencia, sobre la realización práctica de ese mismo ser, pero más importante aún, sobre de la existencia de quien lo ejerce o le confiere sentido. Así no queda más remedio que poner la quilla de mi proyecto de vida hacia ese noble objetivo de hacer el bien porque no se me ha permitido existir, en un sentido literal frente a lo que llamamos bien. Y el bien, bueno es decirlo, es cuando menos un concepto polisémico y complejo. En su nombre ha corrido mucha sangre debajo del puente y mucha pólvora sigue enrareciendo el aire evocándolo. Cuánta cruzada contemporánea de las más distintas raleas ha enarbolado su estandarte. Sin que quiera decir que no es válida y necesaria la formación moral de un ser humano, descontaminaría mucho el panorama si habláramos del respeto, de la solidaridad comprometida, de la justicia y la diversidad social como hechos sociales y redujéramos la moral como única fuente de la acción moral.

Por eso prefiero no hacer daño ni mal alguno a nadie, antes, aunque suene confuso, de hacer el bien. Y de enseñar a no hacer daño. Y practicarlo. Y decirlo. Todo por igual. Tal vez así evitemos tanto adalid de la moral y de las buenas costumbres que nos quieren redimir a todos en nombre de su supuesta bondad. De buena fe se entiende. Si claro, siempre de buena fe.

 

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